sábado, 30 de mayo de 2015

Las manos del abuelo

El abuelo, con noventa y tantos años, sentado en un asiento del patio, no se movía. Su figura débil se recortaba en el espléndido cielo de verano. Estaba sentado cabizbajo mirando sus manos. Cuando me senté a su lado no se dio por enterado ni levantó la cabeza, por lo que, a medida que pasaban los minutos, me pregunté si estaba bien. Finalmente, no queriendo realmente estorbarle sino verificar que estuviese bien, le pregunté cómo se sentía.

Levantó su cabeza, me miró y sonrió:
- Estoy bien, gracias por preguntar.

- No quise molestarte, abuelo, pero estabas sentado aquí mirando tus mano..., solamente quería asegurarme de que estuvieses bien -expliqué.

El abuelo me preguntó:
- ¿Te has mirado alguna vez tus manos?-y ante mi atónita expresión repuso-: Quiero decir, ¿realmente te has mirado las manos?

Lentamente y sin salir de miasombro ante esa pregunta, abrí las palmas de mis manos y las contemplé un momento. Luego puse las palmas hacia abajo y las observé otro rato. Realmente, nunca me había parado a contemplarlas, pero no acertaba a comprender qué me quería decir en el fondo.

El abuelo sonrió y me dijo:
- Detente y piensa por un momento acerca de tus manos como te han servido a través de los años. Estas manos aunque arrugadas, secas y débiles han sido las herramientas que he usado toda mi vida. Con ellas tomaba la comida que metía en la boca y agarraba las prendas de ropa con las que me vestía. Con ellas ataba los cordones de mis zapatos. Cuando era niño, mi madre me enseñó a unirlas en oración. En uno de sus dedos puse el anillo de boda, que decía al mundo que estaba casado y amaba a alguien muy especial. Mis manos se mostraron torpes cuando intenté sostener a mi recién nacido hijo. Temblaron cuando enterré a mis padres, y a mi esposa, y cuando caminé por el pasillo de la iglesia con mi hija el día de su boda.

Me quedé callado, envuelto por sus palabras. Continuó:
- Mis manos han estado en mi rostro, en mi cuerpo, en mi cabello. Han estado sucias y ásperas, hinchadas y dobladas, pegajosas y húmedas, secas y cortadas.  Hasta el día de hoy, cuando casi nada en mí trabaja bien, estas manos siguen ayudándome a levantarme y sentarme, y siguen uniéndose para orar. Estas manos son la marca de todo lo que he hecho en mi vida. Y lo que es más importante, de estas manos Dios me tomará con las suyas para llevarme a Su presencia.

Desde aquella conversación, nunca he podido ver mis manos de la misma manera. Pero recuerdo cuando Dios estiró las suyas y tomó las de mi abuelo y se lo llevó a Su presencia.

Cada vez que voy a usar mis manos pienso en mi abuelo; me he dado cuenta de que nuestras manos son una bendición. Así que cada vez que las voy a usar me pregunto: ¿qué estoy haciendo con esta herramienta preciosa que Dios me ha regalado? ¿La tiendo hacia el necesitado, la empleo para manifestar cariño, para dar limosna, para socorrer al desvalido, para abrazar a quien lo necesita? ¿O las empleo para expresar rechazo y desprecio, para pecar, para acumular para mí?

lunes, 6 de abril de 2015

Eres mi hermano

Jesús es tan real para mí como tú que lees estas líneas. Es una presencia que no se puede explicar con palabras. Debes vivirla. Es alguien maravilloso, único, Él es.
Una vez lo visité en un sagrario cercano a mi casa y ocurrió algo especial. No imaginas la ilusión que me daba ir a verlo. Es mi mejor amigo desde que era niño. Nunca he tenido otro amigo como Él.  Fui a verlo para acompañarlo un  rato. Tenía mucho que contarle. Es curioso: aunque tengo la certeza que sabe lo que le diré, que conoce mis pasos y mi vida, igualmente me ilusiona contarle todo, compartir con Él mi vida.
Me agrada sencillamente sentarme frente al Sagrario y decirle: “Te quiero Jesús, lo eres todo para mí”. Me encanta pensar como un amigo al que escuché decir: “En mi corazón hay un sello y ese sello dice JESÚS”.
En aquella ocasión lo miré de frente y le dije desde la banca: “¿Por qué no sales de ese Sagrario y te sientas aquí, conmigo?” No había pasado ni un segundo cuando sentí su presencia, a mi lado. Un gozo inexplicable me inundó el alma.  En aquella capilla cerrada una leve brisa me envolvió.  Era como si Jesús me abrazara. 
Cerré los ojos para verlo con los ojos del alma y allí estaba, sentado a mi lado, con su túnica blanca, brillante como el más puro sol, con un brillo espectacular, hermoso. Me abrazó con fuerza y sonrió a gusto. Recuerdo que le dije: “Gracias, Jesús, por ser mi amigo”.  Y respondió: “Gracias, Claudio, por ser mi amigo”.
Él es lo más grande que le ha pasado a mi vida.  Me encanta que sea mi amigo. Es un gran amigo. Lo da todo por ti. Se emociona cuando te confiesas, cuando piensas en Él, cuando le dices que lo amas.  Sonríe a gusto ilusionado cuando lo visitas en el Sagrario. Lo disfruta y le das alegrías.
Lo imagino como un niño que espera los invitados a su fiesta de cumpleaños. Pasan las horas, ninguno llega, se inquieta y entristece: “¿Vendrán a verme?”, se pregunta sin dejar de asomarse por la ventana. Y de pronto la puerta se abre…  y eres tú.  Él salta feliz. Empieza a llamarte por tu nombre con el corazón que le salta en el pecho. “Llegaste a verme, ¡¡gracias!!  Estaba tan solo aquí, esperándote”.
Hace una semana me confesé. El buen sacerdote me dio de penitencia rezar un Padre Nuestro. Quise acompañar a Jesús y rezar frente al Sagrario. Lo que ocurrió entonces fue increíble.  Sentí que Jesús se sentaba a mi lado, más que contento, emocionado y me abrazaba feliz. “Bravo… Cómo me cuestas Claudio… pero, ¡lo hiciste!”.  Y ambos nos sonreímos.  Tiene cada ocurrencia.
Empecé a rezar el Padre Nuestro y me dice: “Espera, lo haremos juntos…” y juntos empezamos a rezar: “Padre Nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre…”  Fue un momento especial, que nunca imaginé.  Éramos Jesús y yo, los grandes amigos, juntos en aquella capilla, rezando una oración milenaria, la que Él nos enseñó. Sólo pude decir al terminar: “Qué bueno eres, Jesús”.
¿Lo imaginé? No lo sé, pero fue hermoso. Y cuento los minutos para volver a verlo y estar junto a Él, en aquel oratorio, ese pedacito de cielo, donde soy feliz.
Hoy volvió a ocurrir.  Sentí de pronto la necesidad de hacer un alto y rezar. ¿Te ha pasado?  Andas distraído y súbitamente sientes como algo que te mueve a la oración. No lo comprendes pero es más fuerte que tú.  Es una voz interior que te llama por tu nombre y te dice: “Ven, es hora de rezar. Hay tanta necesidad de oración en el mundo”.
Estaba listo para ir a desayunar.  Dejé todo por algo más importante.  Y me senté a rezar. “Dios mío, qué bueno eres…” En ese momento sentí Su abrazo, tierno y bello.  Me llené de un gozo, una paz sobrenatural que sobrepasaba mi entendimiento. ¿Quién puede comprender estos misterios? Sabía que era Él, que estaba conmigo. 
Le encanta sorprendernos, llenarnos de gracias.
Él está presente cuando rezamos, cuando enfrentamos los problemas, cuando nos confesamos, cuando caminamos por el mundo, cuando nos acercamos a otros y rezamos juntos.  “Porque donde dos o tres están congregados en mi nombre, allí estoy, en medio de ellos” (Mt 18, 20).
Yo creo que también está presente cuando rezas, aparentemente solo, porque no estás solo. Tu Ángel de la Guarda reza contigo,  a tu lado, mirándote complacido; feliz porque has acogido el llamado de Dios. Además, si has comulgado,  llevas contigo a Jesús, a donde vayas.  Eres un sagrario vivo. Iluminas el mundo con Jesús en ti. Qué gran misterio ser portadores de Dios, “templos del Espíritu Santo”.
Hoy he pensado: “Si pudiese elegir un lugar en este momento, un sitio para estar, ¿cuál elegiría? Escogería estar contigo, Jesús.  Tantas personas buscan paz..., y aquí, contigo, abunda la paz”.
Qué feliz soy en la presencia de Dios. Me encanta saber que soy su Hijo amado, como tú que eres mi hermano.

Testimonio de Claudio de Castro

viernes, 20 de febrero de 2015

La importancia de la sal

En cierto país vivía un rey que tenía tres hijas. Como ya se estaba haciendo mayor, comenzó a preguntarse cuánto le querrían sus hijas, hasta que decidió averiguarlo. Se sentó en el gran trono y mandó llamar a la mayor de las muchachas.
-Dime, hija -preguntó el rey al llegar su descendiente-: ¿cuánto me quieres?

Ella, que conocía muy bien a su padre y sabía de sus gustos, respondió presurosa:
- Padre, os quiero más que al oro.

El monarca, complacido, sonrió. No había nada que le gustara más que el oro. Repuso:
- Has dicho bien.

Y mandó llamar a la segunda. Lo mismo preguntó a la princesa mediana, que pensó un instante antes de contestar:
- Os quiero más que a la plata, padre.

El anciano rey, al pensar en el brillo de la plata, el fulgor de los candelabros y las monedas y la fastuosidad de las riquezas, sonrió.
- Has dicho bien -contestó.

La tercera hija, la menor, amaba profundamente a su padre. Cuando estuvo en su presencia, él preguntó:
- Dime, niña, ¿cuánto me quieres?

Ella, pensándolo detenidamente, respondió:
- Os quiero, padre, más que a la sal.

El viejo monarca parpadeó.
- Repite, hija. Creo que no te he escuchado bien.

- Os quiero más que a la sal, padre.

El rey montó en cólera y rugió:
- ¡La sal! ¡La sal no es nada! ¡Márchate! ¡No me quieres nada! ¡No quiero volver a verte en mi presencia!

Ella, asustada y muy triste, pues él no había comprendido lo mucho que le quería, salió llorando inmediatamente. Corriendo confusa por el pasillo de palacio, tuvo un idea. Bajó a las cocinas, donde varios cocineros estaban muy ocupados preparando la cena del rey. Allí les dio instrucciones claras sobre qué omitir en todos los platos que sirvieran al monarca.

A la hora del comer, el monarca se sentó en la lujosa mesa, con sus platos de porcelana y sus tintineantes copas de cristal con ornamentos de oro, con mucho peor humor que el habitual. Comenzaron a desfilar los camareros con las viandas. Primero le fue servida una sopa, cuya primera cucharada escupió al instante al comenzar a tomarla:
- ¡Agh! ¿Qué es esto? ¡Esta sopa no tiene ningún sabor! ¡Sacádmela de delante!

Retiraron rápidamente el plato y le sirvieron un estofado con una pinta verdaderamente exquisita. Complacido, cortó un trozo y lo metió en la boca. Pero, indignado, exclamó a gritos:
- ¿Cómo es que de nuevo esto está insípido? ¡Vaya porquería de estofado, no se puede comer algo tan soso!

Lo mismo sucedió con el resto de platos y postres. El mandó llamar al cocinero. Este, asustado, acudió y el rey, enojado, le pidió explicaciones.
- Majestad, yo me limité a cumplir las órdenes de su hija menor; ella nos dijo que no echáramos sal a ninguno de los platos.

El rey comprendió y se echó a llorar. Fue corriendo a buscar a su hija pequeña y la abrazó, diciendo:
- Querida mía, ahora comprendo la importancia de la sal y cómo, sin ella, nada es lo mismo; ahora sé cuánto me quieres.

martes, 23 de diciembre de 2014

La estrella que no brillaba

Había una vez una estrella que se llamaba Luz Azul. Aunque la verdad era que mucha luz no tenía. De hecho, era la estrella que menos brillaba; por eso el resto de las estrellas se burlaban de ella.  Pero ella no se quejaba nunca, ni tampoco les decía nada a los astros que se metían con ella. Todas menos Piedra Verde, una estrella que sentía lástima por ella.
-Yo diría que cada vez brillas menos -le dijo un día la presumida estrella polar-. No eres ni la mitad de bonita que yo, que soy la qué más brillo. Además, tú estás más sucia.

Luz Azul se entristeció al oír estas palabras. La estrella polar a veces se cambiaba de lugar, y ese día se estaba metiendo con ella continuamente. Aún así, le dijo suavemente:
-Bienvenida a este trocito del cielo. Siento brillar tan poco y estar tan sucia. De todos modos, espero que lo pases bien aquí.

-¡Cómo esperas que lo pase bien aquí! -dijo desdeñosamente-. Confío en irme de aquí lo antes posible. Y tú, mejor que te vayas a otro sitio y no me molestes.

Luz Azul se retiró silenciosamente muy afligida. Era cierto que estaba algo sucia y que casi no brillaba, pero, ¿qué podía hacer ella para solucionarlo? Ella no podía remediarlo. Se consoló pensando que al día siguiente, por la noche, sería el día de Nochebuena. Y con esos pensamientos, se quedó dormida. Las estrellas siempre dormían durante el día y estaban brillando en el cielo durante la noche.

A la noche siguiente, intentó brillar con todas sus fuerzas, pero sólo consiguió emitir unos débiles destellos que casi no se notaban. Y estuvo escuchando de nuevo las burlas y desprecios de la estrella polar. Intentó no entristecerse mucho, porque ese día era Nochebuena. Cuando Luz Azul se fue a dormir, antes de lo normal (al menos para una estrella) pensó un deseo. Sabía que seguramente no se cumpliría, puesto que pensaba que no dejarían nada para ella, porque no brillaba, estaba vieja y sucia, y era pequeña, y todos la despreciaban. A pesar de eso, pensó: "Lo que más me gustaría es que todas las estrellas, y los astros, y los humanos, y el cielo entero fueran felices. No pido nada para mí, quiero que todos sean lo más felices que puedan".

Y la pequeña estrella se quedó dormida.

A la tarde siguiente, cuando las estrellas más madrugadoras se habían despertado ya para brillar espléndidamente durante la noche, le despertó Piedra Verde diciendo:
-¡Despierta, Luz Azul, vamos, despierta! ¡Tienes que ver esto! ¡Despierta!

Luz Azul se levantó perezosamente y observó que, aunque algunas estrellas estaban levantadas, ninguna de ellas brillaba. Entonces se dirigió a su amiga:
-¿Qué querías, Piedra Verde? ¿Por qué me has despertado?

-¡Tienes que ver esto, vamos, ven!

La estrella la siguió, y cuando había recorrido un poco más de cinco metros, vio un pequeño sobre de color rojo claro, y sobre el papel del sobre, impreso en gruesas letras negras ponía claramente: "Luz Azul"

Luz Azul estaba atónita. Nunca había recibido un regalo. Al cabo de unos segundos dijo con un hilo de voz:
-¿Para… para mí?

-¡Pues claro que sí! ¿No ves lo que pone? -dijo Piedra Verde sonriéndole-. ¡Vamos, Luz Azul, cógelo ya que es tuyo!

Ella cogió el sobre y vio que no tenía ningún remitente. En el cielo, la mayoría de las estrellas habían comenzado a brillar. Luz Azul sacó del sobre un papel blanco bastante largo, y cuando iba a ver lo que ponía, le dijo su amiga:
-Bueno, yo tengo que irme, porque tengo que estar en mi puesto para completar la constelación de Orión. Luego, si quieres, me cuentas lo que pone en la carta.

Luz Azul asintió distraídamente mientras extraía completamente el papel blanco. Lo primero que vio fue una caligrafía curva, pulcra y estilizada. Leyó la carta. Decía:

Querida estrella:
 Sé cuál es el deseo que pediste por Navidad. Siento decirte que no puedo cumplirlo. La felicidad viene de dentro, no de fuera. La felicidad está dentro de cada estrella, de cada humano, de cada astro que ves en el cielo. Lo que pasa es que no todos saben buscarla, amiga Luz Azul.

Pero te concedo una cosa que también te va a gustar. No sé si lo sabrás, pero yo me fijo sobre todo en los más humildes. Y entonces te vi a ti. ¿Nunca te has dado cuenta, Luz Azul? ¿Nunca te has dado cuenta, por ejemplo, de que significativamente tu nombre se lee igual del derecho que del revés? Así te vi yo: transparente, sencilla. Otro ejemplo: te vi un día que pasaba una estrella llorando porque un meteorito le había roto un extremo. ¿Y que hiciste tú? Le ofreciste tu propia punta, te la arrancaste reprimiendo un terrible chillido. Se la diste, y ella se fue correteando alegre. Sabes que por eso te falta ahora.

Y como una buena estrella colgada en el cielo, como soportas los desprecios sin abrir la boca. Por eso te quiero recompensar. Serás la estrella que más brille en el firmamento; el lucero más luminoso, Luz Azul. Quiero que esto no te quite tu humildad; al contrario, que te la aumente. El brillo exterior no importa en realidad, aunque seas una estrella. Brilla siempre por tu sencillez.

Feliz Navidad.

A medida que la estrella iba leyendo estas palabras, su cuerpo se iba haciendo más luminoso, su brillo más resplandeciente, y su corazón inundado de la felicidad que había encontrado en su interior al leer la carta, se iba haciendo más y más grande.

Y hasta hoy sigue siendo la estrella más luminosa del cielo. Jamás se ha portado mal con la estrella polar que se burlaba de ella, y que se arrepintió. Si ves algún día una estrella sonriente de un brillo especial, recuerda que su nombre se lee igual del derecho que del revés. Recuerda que brilló por su humildad y sencillez, como no solo pueden brillar las estrellas. Es Luz Azul.

María CVG 

domingo, 2 de noviembre de 2014

La ratonera

Cierto día llegó a la granja un paquete. Un curioso ratón se asomó a la puerta de la entrada y vio a la esposa del granjero abriéndolo, pensando qué tipo de comida podría hallar allí..., cuando de repente vio con estupor que había una ratonera. Veloz como el rayo, corrió al patio de la granja y al establo, gritando:
- ¡Hay una ratonera en la casa! ¡Una ratonera!

Se acercó a la gallina, que estaba buscando lombrices en la tierra para sus polluelos y le advirtió:
- ¡Hay una ratonera!
- Discúlpeme, señor ratón -contestó la gallina-; entiendo que le suponga un problema, pero entienda que a mí y a mis polluelos no nos perjudica ni nos molesta de ningún modo

Llegó el ratón junto al cordero para avisarles:
- ¡He visto una ratonera en la granja!
Pero el animal le dijo:
- Vaya, es una lástima. No veo qué puedo hacer para ayudarle. ¡Espero que no le suceda nada!

Desesperado, el ratón fue corriendo hacia el establo y en cuanto vio a la vaca le dijo agitado:
- ¡En la casa hay una ratonera!
- ¿Cómo? -replicó ella indiferente-, ¿una ratonera? Pero entonces yo no estoy en peligro. ¿Acaso me incumbe...?

El ratón, apesadumbrado, se volvió a su cobijo con sumo cuidado, afrontando solo el peligro que le acechaba.

Aquella misma noche se escuchó un chasquido. La ratonera había alcanzado a su víctima... La mujer del granjero corrió al lugar, sin percatarse, en la oscuridad, que la trampa había agarrado la cola de una víbora venenosa. Se aproximó y la víbora la mordió con su veneno fatal.

El granjero la llevó rápidamente al hospital, de donde volvió con fiebre. Para alimentarla y aliviarla, su marido decidió hacer un buen caldo de gallina. Tomó, pues, el granjero un cuchillo y fue a buscar el principal ingrediente de la sopa: la gallina.

La enfermedad de ella se fue agravando, y los parientes y vecinos acudían a visitarla para animarle y ayudar al preocupado esposo. Para alimentarlos, mató al cordero.

Pero la mujer no resistió, y acabó falleciendo. Muchas personas asistieron al funeral. El pobre granjero, agradecido en la tribulación por la solidaridad de todos aquellos buenos amigos, resolvió matar a la vaca para dar de comer a todos.

Y así por causa de la ratonera, que no era asunto de nadie y a ninguno importaba, acabó siendo la causa de la desgracia de la granja entera.

miércoles, 8 de octubre de 2014

El elefante encadenado

Cuando yo era niño, me encantaba ir al circo. Cada vez que una compañía pasaba por nuestra pequeña ciudad, mis abuelos me llevaban a ver la función. Como a tantos otros niños, lo que más me entusiasmaba era el despliegue de domadores y animales: leones, panteras, tigres... El elefante me llama la atención especialmente. Durante el espectáculo, la enorme bestia hacía despliegue de su fuerza descomunal, y a pesar de su enorme peso y tamaño, ¡se mantenía erguido sobre un pequeño taburete! Pero después de la actuación y hasta un rato antes de volver al escenario, el elefante se quedaba fuera de la carpa sujeto únicamente por una gruesa cadena que aprisionaba una de sus patas a una pequeña estaca de madera clavada en el suelo. ¿Cómo un animal capaz de arrancar de cuajo un árbol con su propia fuerza no huía, estando sólo sujeto por un trocito de madera enterrado unos centímetros en la tierra blanda? Alguien me había dicho que no se escapaba porque estaba amaestrado, pero yo me decía a mí mismo: "Si está amaestrado, ¿por qué lo encadenan?"

Cierto día, acabábamos de salir de la función y pregunté a mi abuelo acerca del misterio del elefante. Me respondió:
- El elefante de circo no se escapa porque desde muy pequeño ha estado atado a una estaca como esta. Probablemente, cuando apenas era un elefantito recién nacido, dedicó tiempo y esfuerzo a empujar y tirar, tratando de soltarse. Pero como no tenía tanta fuerza como ahora, todo su esfuerzo no fue suficiente. Pero un día, terrible para su historia, aceptó su impotencia y se resignó a su destino. El pobre elefante, enorme y poderos, que acabamos de ver en el circo, no se escapa porque cree que no puede, y jamás volvió a intentar poner a prueba su fuerza otra vez...

martes, 26 de agosto de 2014

¿Qué debo hacer?

Cada día, cuando visito a Jesús en el Sagrario, le hago la misma pregunta: “¿Qué debo hacer?”. Y es que no encuentro respuestas a mis inquietudes y a menudo no sé cómo solucionar mis problemas.

Hoy fue un día especial, diferente. Me encontraba en ese diálogo solitario con Jesús. Le preguntaba muchas cosas, con la certeza que Él está allí, y me ve y me escucha. Y de pronto me llegaron estos pensamientos...  Como no tenía papel para anotar, los escribí en la palma de mi mano. Al salir de la Iglesia vine a la biblioteca. Aquí estoy, en este momento, leyendo lo que escribí:
El que vive en la presencia de Dios no puede odiar, aunque quiera.
Dios es Amor.  Su amor es tan grande que todo lo inunda y no deja espacio en tu alma para el odio, el resentimiento o el rencor. 
En su presencia sólo hay paz, serenidad,  perdón y misericordia.
Hay algo más. Mirándolo fijamente le recordé los problemas que atravieso y  no sé cómo solucionar. Entonces sentí como un bálsamo en el alma. “Eres Tú”, le dije, “sé que eres Tú”. Y un amor hondo me llenó con tal fuerza que aún, en este momento lo percibo. Es un gozo interior indescriptible.  Y me mueve a amarlo todo, a todos, al bueno, al malo, al que me ama, al que me odia. 

En ese momento volví a hacer la pregunta que siempre quedaba sin respuesta: “¿Qué debo hacer?”. Esta vez algo ocurrió.

 “¿Qué debo hacer?”, volví a preguntar.

 Sentí una voz interior, transparente como el viento, que me llegó al corazón:
“Amar”, respondió. “Debes amar”.

Entonces comprendí. He amado, pero no lo suficiente. He amado con un amor muy pobre y egoísta, un amor selectivo. Debo dar ese primer paso que nos diferencia y amar un poco más. Luego, pedirle una chispa de Su amor, que es un amor puro y limpio, para amar como debo amar. Al salir, llegué a esta conclusión: si amáramos un poquito más, el mundo sería diferente, y nosotros también. Ahora lo sabes... Cada vez que preguntes qué debes hacer,  encontrarás una sola respuesta: amar.

Testimonio de Claudio de Castro