lunes, 17 de abril de 2017

Plantas en el jardín

Salió el señor de la casa a pasear por el jardín y para su sorpresa descubrió que todas las plantas estaban muriéndose, desde los árboles más altos a los arbustos y las flores. Preguntó al roble qué le sucedía, y contestó que se moría porque no había podido llegar a ser tan alto como el pino. Extrañado, se volvió hacia el pino, que estaba igualmente caído; el pino le dijo que había intentado dar uvas como la vid, pero no lo había logrado. Asombrado por tal respuesta, acudió a la vid, pero no estaba en mejor estado: echada por tierra, la vid le dijo al dueño del jardín que se estaba muriendo porque no podía florecer como la rosa. Acudiendo a la rosa, la halló llorando porque jamás sería tan alta y sólida como el roble.

Abatido ante este panorama, el señor de la casa agachó la cabeza y bajó la vista. Fue entonces cuando encontró una pequeña planta de fresa que florecía radiante, hermosa y fresca.
- ¿Cómo es que creces saludable y alegre en medio de este jardín mustio?- preguntó.

- No lo sé -respondió ella-, pero quizá es porque siempre supuse que cuando me plantaste, querías fresas. Supongo que si hubieras querido un roble habrías plantado un roble, o que si buscabas rosas habrías esparcido la semilla de un rosa. A mí me plantaste como fresa, y por ello intento ser fresa de la mejor manera que pueda, disfrutando mi condición y floreciendo

lunes, 26 de diciembre de 2016

¡Jesús en medio de nosotros!

El abad de un monasterio cavilaba preocupado. Tiempo atrás, su monasterio había visto tiempos de esplendor. En la iglesia se reunía el pueblo cada domingo para participar en la Eucaristía, las celdas habían estado repletas de jóvenes novicios y en la capilla resonaba el canto armonioso de los monjes. Pero habían llegado malos tiempos: a la iglesia ya no acudía gente con necesidad de alimentar su espíritu; hacía tiempo que no aparecían jóvenes candidatos y la capilla estaba más fría y solitaria que nunca. Sólo quedaba una pequeña comunidad de monjes que cumplían triste y rutinariamente con sus obligaciones.

Un día de Adviento, decidió pedir consejo, y acudió al anciano obispo, con fama de sabio. Al recibirle éste, se saludaron fraternalmente y le planteó la situación, concluyendo tristemente: "¿Cómo ha podido nuestro monasterio llegar a esta crítica situación?". El anciano obispo: "Es que no os habéis dado cuenta de que el mismo Señor Jesucristo se ha disfrazado y está viviendo en medio de vosotros, ¿cómo no habéis podido verlo?"

El abad se retiró pensativo y emprendió el camino de regreso a su monasterio, mientras se decía: "¡No puedo creerlo! ¡El mismísimo Hijo de Dios está viviendo ahí en medio de nuestros monjes! ¿Cómo no he sido capaz de reconocerle? ¿Sería el hermano sacristán? Probablemente no, porque tenía muy mal genio... ¿Tal vez el hermano cocinero? Con lo que le cuesta rezar... ¿O tal vez el hermano administrador? ¡No, él no! Por desgracia, él tenía demasiados defectos… Pero el anciano obispo dijo que se había disfrazado. ¿No serían acaso aquellos defectos parte de su disfraz? Bien mirado, todos en el convento tenían defectos… ¡y uno de ellos tiene que ser Jesucristo!"

Con este pensamiento llegó al monasterio, y durante la comida, estando reunida la pequeña comunidad de monjes, les contó lo que había averiguado. Ellos se miraron incrédulos unos a otros. ¿Jesucristo… aquí? ¡Increíble! Claro que si estaba disfrazado. Entonces, tal vez era Fulano... ¿O podía ser que fuera Mengano? ¿O….? Una cosa era cierta: si el Hijo de Dios estaba allí disfrazado, no era probable que pudieran reconocerlo. De modo que empezaron todos a tratarse con respeto y consideración. "Nunca se sabe", pensaba cada cual para sí cuando trataba con otro monje, "tal vez sea éste…"

El resultado fue que el monasterio recobró su antiguo ambiente de gozo desbordante. Pronto volvieron a acudir decenas de candidatos pidiendo ser admitidos en la Orden, y en la capilla volvió a resonar el jubiloso canto de los monjes, radiantes del espíritu de Amor, porque todos comenzaron a vivir considerando que el otro es Cristo.

sábado, 3 de diciembre de 2016

El pincelito

Había una vez un pincel que era la admiración de todos los demás lápices, pinceles y crayones, puesto que con él habían sido pintados los cuadros más hermosos que habían salido de ese taller. Cuando el pintor tenía que realizar una obra de calidad o un trabajo muy importante, siempre acudía a él, puesto que sus suaves cerdas eran las que más finos y delicados trazos imprimían sobre el lienzo, y le daban un toque especial a cada detalle de la obra. Esto llenaba de orgullo a nuestro amiguito, que solía pasearse orondo por el taller, mirando por encima del hombro a los demás elementos de dibujo, puesto que sabía que él era el mejor. Todas las fibras y acuarelas del taller suspiraban por el galán.

Cierto día, un viejo plumín de tinta china, envidioso porque nuestro amiguito era el centro de la atención femenina del taller, sembró en él una inquietante cizañita. Le dijo:
- ¿Tú te crees muy bueno? Pues lamento informarte que tú solo no vales nada. Jamás decides tú qué es lo que pintarás, o qué colores utilizarás, sino que eres un miserable esclavo del pintor que es quien te usa como a él se le da la gana

Esto inquietó al pincelito. ¿Sería verdad lo que el plumín había dicho? ¡No! El pintor era bueno... Pero... si era así, ¿qué derecho tenía el pintor de hacer con él lo que quisiera? ¡El pincelito era el que se ensuciaba y el que se desgastaba al raspar contra el lienzo. ¿Por qué había de llevarse los laureles el pintor?

La sombra de esta incomodidad quedó flotando en el ánimo del pincelito... Al día siguiente, cuando el pintor lo tomó en sus manos, decidió que sería él quien dictaría los trazos. Así cuando el pintor quería realizar una línea, el pincelito hacía fuerza para pintarla en otra dirección. Cuando el pintor quería sopar el pincel en un color, él apuntaba hacia otro tarrito de pintura. El pintor no entendía qué estaba sucediendo, puesto que en el lienzo tan solo aparecieron manchones deformes e improlijos. Luego de varios intentos fallidos, simplemente dejó al pincelito de lado y tomó otro para recomenzar su obra.

Esto puso aún más furioso a nuestro amiguito. ¿Quién se creía ese pintor que era para cambiarlo a él, al mejor, por un pincel cualquiera? ¡Ahora mismo se pondría él solo a pintar sin necesidad de que ese estúpido pintor lo manosease con sus manos sucias de pintura! Y así lo hizo. Se ubicó frente a un lienzo y con varios botes de pintura junto a él y comenzó a pintar. Todos observaban absortos al pincelito, incluso el pintor, que había dejado su trabajo, y al ver la satisfacción del plumín, comenzó a sospechar qué estaba ocurriendo. De más está decir, que tan solo una masa informe de colores superpuestos apareció sobre el lienzo. Y todos se rieron de él...

Nuestro amiguito, avergonzado, deprimido y frustrado se retiró a llorar lágrimas de pintura en su vaso. Había hecho el ridículo. Todos se habían reído de él. Todos... menos el pintor, que lo tomó dulcemente en sus manos y le dijo:
- Querido amiguito, yo sé que tú eres el mejor, pero eres el mejor en mis manos. No eres un esclavo en mis manos, sino que juntos, los dos, pintamos. Así como yo te necesito a tí, tú me necesitas a mí. Sólo dejándote conducir por mis manos podemos crear juntos la belleza. El que sea yo quien dirige tus movimientos no te quita mérito, no, sino que por el contrario te enaltece, porque yo te elijo a ti entre todos los otros pinceles. ¿Nunca lo habías pensado así? Yo te amo, y te elijo a ti, entre muchos otros, cada vez que te utilizo. Y ahora sécate esas lágrimas, y vamos a seguir pintando

Y el pincelito comprendió que en su naturaleza de pincel estaba el dejarse conducir por las manos del pintor, que sólo así podía ser lo que él era: un pincel.

Fuente: http://www.aciprensa.com/Historias/historia.php?id=234

sábado, 15 de octubre de 2016

El pastel de la abuelita

Un joven estudiante, agobiado por los problemas de la vida diaria, decidió ir a visitar a su abuela, a la que quería mucho y apreciaba por sus sabios consejos. Cuando llegó a su casa, la ancianita estaba cocinando un pastel. Se sentó con su nieto, y el muchacho comenzó a contarle lo mal que le iba todo: sentía que sus esfuerzos en los estudios eran baldíos, faltaba comunión en la familia, los problemas económicos eran cada vez mayores y, para colmo, su salud estaba delicada.

La abuela escuchaba atentamente mientras el pastel se horneaba. Cuando el joven terminó de desahogar todas sus desgracias, su abuela le preguntó si quería comer alguna cosa.
-Por supuesto, abuela -contestó él agradecido, consciente de que frecuentemente los postres de su abuela hacía que uno se sintiera menos desdichado.

-¡Estupendo! Te serviré un buen puñado de harina -dijo ella.

El muchacho se quedó estupefacto:
-Pero abuela..., ¿cómo voy a comer harina?

-¿Te apetecería entonces un vasito de aceite para cocinar? -repuso con expresión inocente la anciana

-¡Para nada! ¡Qué horror! -respondió él, incrédulo

-De acuerdo..., te serviré entonces un par de huevos sin cocinar

-Abuela, ¡pero si todo eso no se puede comer!

Entonces la sabia ancianita le dijo:
-Tienes razón. Nada de eso se puede ingerir por sí solo, resultaría malo para nuestra digestión. Únicamente cuando todas ellas se mezclan en su justa proporción, podemos cocinar la masa de un delicioso pastel. Querido muchacho, Dios es como un pastelero que pone los ingredientes necesarios para hacer un delicioso plato, que a veces tarda mucho en cocinarse y tenemos que esperar para poder degustarlo. Muchas veces nos preguntamos por qué permite circunstancias y momentos de tanto sufrimiento. Pero Él sabe perfectamente cómo ordenar todo esto, que parece insoportable, para que, en la medida perfecta, sean para nuestro bien. Él es el "maestro pastelero": solamente tenemos que confiar en Él y, en su momento, comprobaremos cómo lo que parecía horrible ha conformado algo maravilloso.

jueves, 26 de mayo de 2016

¿Bendición o desgracia?

Hace mucho tiempo, en una pequeña aldea del norte de China, vivía un labrador viudo con su hijo. Sus posesiones se limitaban al terruño, la pequeña casa de paja y un caballo que había heredado de su padre. Pero cierto día el caballo se escapó, dejando al hombre sin animal para labrar la tierra. Sus vecinos, que le tenían en gran estima por su honestidad y laboriosidad, acudieron a su casa para expresarle su solidaridad ante lo ocurrido. Él, al ver que lamentaban el hecho, agradeció la visita, pero les dijo:
- ¿Cómo podéis saber que lo que ocurrió ha sido una desgracia?

Los vecinos, atónitos, fueron saliendo. Algunos comentaban entre sí: «No quiere aceptar la realidad; dejemos que piense lo que quiera, con tal de que no se entristezca por lo ocurrido».

Una semana después, el caballo retornó al establo, pero no venía solo: le acompañaba una hermosa yegua blanca. Al saber de esto, los vecinos de la aldea retornaron a casa del labrador para felicitarlo por su suerte y la sabiduría de sus palabras, que ahora comprendían. Le dijeron:
- ¡Felicidades! Antes tenías un caballo, ¡y ahora tienes dos!

Pero él respondió:
- Muchas gracias por vuestra visita y por vuestra amabilidad, pero, ¿cómo podéis estar seguros de que lo sucedido es una bendición para mi vida?

Estupefactos, los vecinos se marcharon. Muchos pensaron que se estaba volviendo loco, y comentaban entre sí cómo era posible que no comprendiera que Dios le enviaba un regalo.

Poco tiempo después, el hijo del labrador decidió domesticar la yegua. Pero nada más acercarse, el animal saltó sobre él de forma inesperada, y el chico cayó sobre sí mismo, partiéndose una pierna. Los vecinos retornaron a casa del labrador con regalos para el joven herido, y muchos de ellos presentaron sus condolencias al padre manifestándole su tristeza por lo ocurrido. Él agradeció la visita y el cariño, pero repuso:
- ¿Cómo podéis saber si lo sucedido es una desgracia para nosotros?

Todos los presentes se quedaron desconcertados. En esta ocasión no hacía duda de que el hecho de que un hijo tuviera un accidente y pudiera quedarse cojo para siempre era una desgracia. Comentaban al salir de la casa que realmente se había vuelto loco si no caía en la cuenta de lo trágico del asunto.


Transcurrieron algunos meses y Japón declaró la guerra a China. El emperador ordenó que todos los jóvenes saludables se enrolasen en el ejército para ir al frente de batalla. Al llegar a la aldea sus emisarios, reclutaron a todos los jóvenes excepto al hijo del labrador, que estaba con la pierna rota. Ninguno de los muchachos retornó vivo. El hijo se recuperó, los dos animales dieron crías que fueron vendidas y rindieron un buen dinero. El labrador pasó a visitar a muchos de sus vecinos que habían perdido a sus hijos en la guerra para consolarlos y ayudarlos ya que se habían mostrado solidarios con él en todos los momentos. Siempre que alguno de ellos se quejaba, el hombre decía:

- ¿Cómo sabes si esto es una desgracia?

Y si alguien se alborozaba, él preguntaba:
-¿Cómo sabes si eso es una bendición?

Así fue como en aquella pequeña aldea china los hombres comprendieron que todo tiene un significado más allá de las apariencias

miércoles, 10 de febrero de 2016

Un mecánico

Iba un hombre por una carretera solitaria conduciendo su coche, cuando de pronto comenzó a escuchar un ruido extraño, proveniente del motor, como si se estuviera apagando. El acelerador pareció no responder, y con un suave humito que venía desde el capó, la máquina se fue deteniendo poco a poco. Fue decelerando, parecía casi apagado, y finalmente... se paró en la carretera.

Estupefacto, el hombre bajó del coche, revisó el motor, las ruedas... Estaba convencido de que, después de tantos años conduciéndolo, podría averiguar el fallo rápidamente, pero comenzó a frustrarse al ver que no conseguía saber qué había pasado.

Entonces otro automóvil hizo aparición en el inhóspito paraje, conducido por un señor que paró al lado del coche averiado:
- Parece que se ha estropeado su coche..., ¿querría que le ayudase a arreglarlo?

Molesto, el dueño del primer automóvil, repuso:
- Muy amable, pero llevo conduciendo este coche toda mi vida. Lo conozco como la palma de mi mano, y no creo que tú sepas ni puedas hacer algo, si yo mismo no he sido capaz.

Sonriendo, el hombre que acababa de llegar insistió, hasta que el otro cedió incrédulo, pues si él no lo había conseguido con su propio coche, ¿cómo lo iba a conseguir el otro?

Manos a la obra, el extraño abrió el capó del coche, revisó el motor y en apenas unos minutos ya había reparado el daño del vehículo y pudo arrancar el coche.

Atónito, el propietario del coche preguntó:
- ¿Cómo pudiste saber cuál era el problema y arreglarlo si es mi coche?

El segundo hombre contestó:

-Verás, mi nombre es Felix Wankel... Yo inventé el motor rotativo que usa tu automóvil


Reflexión: tal vez estoy empeñado en lidiar con MI familia, MIS problemas, MI tiempo, MI casa, MI futuro... Dejemos esta Cuaresma que el Dueño de la familia, la vida, el tiempo..., sea quien nos muestre nuestra realidad de pecado sin tapujos no para denunciarnos sino para mostrarnos Su rostro misericordioso. Dejémonos ayudar por Dios, autor de la vida. Él es el mejor "mecánico" que está siempre disponible para cuando nos quedemos tirados en la carretera; cuando nos falle el dinero, los afectos, los ídolos del mundo... Sólo en Él podremos encontrar el sentido para todo esto; si no la solución a nuestros problemas, sí el perdón de nuestros pecados, y por lo tanto la paz y el Espíritu Santo que nos permiten vivir con fortaleza los avatares que Él mismo permite para que veamos su Gloria. Para experimentar esto nos aguarda una santa Cuaresma, oportunidad única para convertir nuestro corazón a Dios.

viernes, 4 de diciembre de 2015

Una gran carga para una pequeña hormiga

Abrumado por mis sufrimientos, mis pecados y mis problemas, cierto día decidí salir al campo para descansar y sobre todo, rezar. Cerca de mi casa hay un erial. Me acerqué a él y me senté sobre una piedra que había en un montículo. Cerré los ojos, y sufrí en silencio por todo lo que pesaba sobre mí. Sentía mi vida pesada, con cargas insoportables, y no entendía por qué sucedían tantas cosas. Grité a Dios por qué permitía todo aquello que me hacía sufrir.

Cuando abrí los ojos, vi una pequeña hormiga entre las diminutas matas que poblaban el terreno poco amable. No había otras alrededor. Pero lo que me llamó la atención era que sobre su cuerpo llevaba un palito unas cinco veces más grande que ella misma. La seguí con la mirada durante casi un metro. Avanzaba sin vacilar cargando el palo, llegando a una gran piedra con una grieta en el medio.

Al llegar a la grieta, probó a cruzar de diversas maneras, rodeándola y estirándose, pero todo su esfuerzo fue vano. Su carga era demasiado pesada para la hormiguita como para realizar cualquier acción repentina.

Entonces hizo algo insólito: hábilmente apoyó los extremos del palito sobre los bordes de la grieta, construyendo un pasaje que le permitía salvar el gran agujero. Subió a su improvisado puente, atravesó el abismo, y al llegar tomó de nuevo su carga y continuó su esforzado viaje.

Esta pequeña hormiga había sabido convertir su carga en puente, y así pudo continuar su viaje. Si no hubiera tenido sobre sí esa carga, no habría podido avanzar y habría caído por el abismo...