domingo, 8 de octubre de 2017

Comparte la semilla

En cierta ocasión un reportero le preguntó a un agricultor si podía divulgar el secreto de su maíz, que ganaba el concurso al mejor producto, año tras año. El agricultor confesó que se debía a que compartía su semilla con los vecinos.

- ¿Por qué comparte su mejor semilla de maíz con sus vecinos, si usted también entra al mismo concurso año tras año? - preguntó el reportero.

- Verá usted, señor -dijo el agricultor-: el viento lleva el polen del maíz maduro de un campo a otro. Si mis vecinos cultivaran un maíz de calidad inferior, la polinización cruzada degradaría constantemente la calidad del mío. De modo que si voy a sembrar buen maíz debo ayudar a que mi vecino también lo haga.

viernes, 29 de septiembre de 2017

Fruta para tres

Tres escaladores se perdieron en una montaña nevada, y al tercer día solamente les quedaba una fruta para alimentar a los tres, que casi desfallecían de hambre. Entonces escucharon la voz de Dios desde el cielo diciendo que esa circunstancia serviría para probar su sabiduría, ya que pidiendo lo más adecuado se salvarían.

El primero dijo:
- Señor, ¡haz entonces que aparezca más comida!

La voz divina contestó que aquella era una respuesta necia, ya que no se solucionan los problemas con magia sino aprendiendo a trabajar con aquello que Dios da en cada momento.

El segundo apuntó:
- Haz entonces que la fruta sea mayor, y así pueda alcanzarnos.

A aquello, Dios contestó nuevamente que no, porque no se trata de tener más para arreglar los conflictos, ya que el ser humano jamás queda satisfecho y siempre quiere más.

Ante eso, el tercer montañista suplicó:
- Mi buen Dios, aunque tenemos hambre y somos orgullosos, haznos pequeños a nosotros para que la fruta llegue y podamos comer los tres.

Dios dijo:
- Has contestado bien, pues cuando el hombre se hace humilde y se empequeñece delante de mis ojos, verá la prosperidad y le bastará para saciarse.

martes, 8 de agosto de 2017

La ruta establecida

Un día, un becerro tuvo que atravesar un bosque virgen para volver a su pastura. Siendo animal irracional, abrió un sendero tortuoso, lleno de curvas, subiendo y bajando colinas.
Al día siguiente, un perro que pasaba por allí usó ese mismo sendero para atravesar el bosque. Después fue el turno de un carnero, líder de un rebaño, que, viendo el espacio ya abierto, hizo a sus compañeros seguir por allí.

Más tarde, los hombres comenzaron a usar ese sendero: entraban y salían, giraban a la derecha, a la izquierda, descendían, se desviaban de obstáculos, quejándose y maldiciendo, con toda razón. Pero no hacían nada para crear una nueva alternativa.

Después de tanto uso, el sendero acabó convertido en un amplio camino donde los pobres animales se cansaban bajo pesadas cargas, obligados a recorrer en tres horas una distancia que podría haber sido vencida en treinta minutos, si no hubieran seguido la vía abierta por el becerro.

Pasaron muchos años y el camino se convirtió en la calle principal de un poblado y, posteriormente, en la avenida principal de una ciudad. Todos se quejaban del tránsito, porque el trayecto era el peor posible.

Mientras tanto, el viejo y sabio bosque se reía, al ver que los hombres tienen la tendencia a seguir como ciegos el camino que ya está abierto, sin preguntarse nunca si aquélla es la mejor elección.

Autor: Paulo Coelho. Publicado en "El Semanal", nº 729

domingo, 18 de junio de 2017

Tres ciegos y un elefante

Hace años existía una ciudad en la que todos sus habitantes eran ciegos. Un rey con su cortejo llegó al lugar con su ejército y acampó en el desierto previo a aquella tierra, con intención de conquistarla. Tenía este rey un poderoso elefante que usaba para atacar y atemorizar a la gente. La población de la ciudad escuchó al gran animal y estaba ansiosa por ver al elefante. Algunos ciegos se precipitaron como locos para encontrarlo, pero como no conocían ni siquiera la forma y el aspecto del elefante, tantearon su cuerpo para reunir información palpando al gran animal.

Cada uno pensó que sabía algo, porque pudo tocar alguna parte de él. Cuando volvieron junto a sus conciudadanos, impacientes grupos se apiñaron a su alrededor... Preguntaron por la forma del elefante y escucharon todo lo que aquellos dijeron.
El hombre que había tocado la oreja dijo:
- El elefante es una cosa rugosa, grande, como una alfombra ancha y gruesa
El que había tocado la trompa dijo:
- Yo sí sé la realidad: el elefante es un tubo recto y hueco, horrible y destructivo
El que había tocado sus patas dijo:
- ¡No digáis sandeces! El elefante es poderoso, firme y pesado como una columna.

Así, como cada uno sólo lo había captado parcialmente, se empeñaba en que estaba en lo cierto y no consiguieron ponerse de acuerdo, porque no construyeron la totalidad con todos sus aportes. Y así, mientras discutían por cuál de ellos tenía la verdad, aquel rey entró en la ciudad y consiguió conquistarla.


Adaptación de un cuento popular

lunes, 17 de abril de 2017

Plantas en el jardín

Salió el señor de la casa a pasear por el jardín y para su sorpresa descubrió que todas las plantas estaban muriéndose, desde los árboles más altos a los arbustos y las flores. Preguntó al roble qué le sucedía, y contestó que se moría porque no había podido llegar a ser tan alto como el pino. Extrañado, se volvió hacia el pino, que estaba igualmente caído; el pino le dijo que había intentado dar uvas como la vid, pero no lo había logrado. Asombrado por tal respuesta, acudió a la vid, pero no estaba en mejor estado: echada por tierra, la vid le dijo al dueño del jardín que se estaba muriendo porque no podía florecer como la rosa. Acudiendo a la rosa, la halló llorando porque jamás sería tan alta y sólida como el roble.

Abatido ante este panorama, el señor de la casa agachó la cabeza y bajó la vista. Fue entonces cuando encontró una pequeña planta de fresa que florecía radiante, hermosa y fresca.
- ¿Cómo es que creces saludable y alegre en medio de este jardín mustio?- preguntó.

- No lo sé -respondió ella-, pero quizá es porque siempre supuse que cuando me plantaste, querías fresas. Supongo que si hubieras querido un roble habrías plantado un roble, o que si buscabas rosas habrías esparcido la semilla de un rosa. A mí me plantaste como fresa, y por ello intento ser fresa de la mejor manera que pueda, disfrutando mi condición y floreciendo

lunes, 26 de diciembre de 2016

¡Jesús en medio de nosotros!

El abad de un monasterio cavilaba preocupado. Tiempo atrás, su monasterio había visto tiempos de esplendor. En la iglesia se reunía el pueblo cada domingo para participar en la Eucaristía, las celdas habían estado repletas de jóvenes novicios y en la capilla resonaba el canto armonioso de los monjes. Pero habían llegado malos tiempos: a la iglesia ya no acudía gente con necesidad de alimentar su espíritu; hacía tiempo que no aparecían jóvenes candidatos y la capilla estaba más fría y solitaria que nunca. Sólo quedaba una pequeña comunidad de monjes que cumplían triste y rutinariamente con sus obligaciones.

Un día de Adviento, decidió pedir consejo, y acudió al anciano obispo, con fama de sabio. Al recibirle éste, se saludaron fraternalmente y le planteó la situación, concluyendo tristemente: "¿Cómo ha podido nuestro monasterio llegar a esta crítica situación?". El anciano obispo: "Es que no os habéis dado cuenta de que el mismo Señor Jesucristo se ha disfrazado y está viviendo en medio de vosotros, ¿cómo no habéis podido verlo?"

El abad se retiró pensativo y emprendió el camino de regreso a su monasterio, mientras se decía: "¡No puedo creerlo! ¡El mismísimo Hijo de Dios está viviendo ahí en medio de nuestros monjes! ¿Cómo no he sido capaz de reconocerle? ¿Sería el hermano sacristán? Probablemente no, porque tenía muy mal genio... ¿Tal vez el hermano cocinero? Con lo que le cuesta rezar... ¿O tal vez el hermano administrador? ¡No, él no! Por desgracia, él tenía demasiados defectos… Pero el anciano obispo dijo que se había disfrazado. ¿No serían acaso aquellos defectos parte de su disfraz? Bien mirado, todos en el convento tenían defectos… ¡y uno de ellos tiene que ser Jesucristo!"

Con este pensamiento llegó al monasterio, y durante la comida, estando reunida la pequeña comunidad de monjes, les contó lo que había averiguado. Ellos se miraron incrédulos unos a otros. ¿Jesucristo… aquí? ¡Increíble! Claro que si estaba disfrazado. Entonces, tal vez era Fulano... ¿O podía ser que fuera Mengano? ¿O….? Una cosa era cierta: si el Hijo de Dios estaba allí disfrazado, no era probable que pudieran reconocerlo. De modo que empezaron todos a tratarse con respeto y consideración. "Nunca se sabe", pensaba cada cual para sí cuando trataba con otro monje, "tal vez sea éste…"

El resultado fue que el monasterio recobró su antiguo ambiente de gozo desbordante. Pronto volvieron a acudir decenas de candidatos pidiendo ser admitidos en la Orden, y en la capilla volvió a resonar el jubiloso canto de los monjes, radiantes del espíritu de Amor, porque todos comenzaron a vivir considerando que el otro es Cristo.

sábado, 3 de diciembre de 2016

El pincelito

Había una vez un pincel que era la admiración de todos los demás lápices, pinceles y crayones, puesto que con él habían sido pintados los cuadros más hermosos que habían salido de ese taller. Cuando el pintor tenía que realizar una obra de calidad o un trabajo muy importante, siempre acudía a él, puesto que sus suaves cerdas eran las que más finos y delicados trazos imprimían sobre el lienzo, y le daban un toque especial a cada detalle de la obra. Esto llenaba de orgullo a nuestro amiguito, que solía pasearse orondo por el taller, mirando por encima del hombro a los demás elementos de dibujo, puesto que sabía que él era el mejor. Todas las fibras y acuarelas del taller suspiraban por el galán.

Cierto día, un viejo plumín de tinta china, envidioso porque nuestro amiguito era el centro de la atención femenina del taller, sembró en él una inquietante cizañita. Le dijo:
- ¿Tú te crees muy bueno? Pues lamento informarte que tú solo no vales nada. Jamás decides tú qué es lo que pintarás, o qué colores utilizarás, sino que eres un miserable esclavo del pintor que es quien te usa como a él se le da la gana

Esto inquietó al pincelito. ¿Sería verdad lo que el plumín había dicho? ¡No! El pintor era bueno... Pero... si era así, ¿qué derecho tenía el pintor de hacer con él lo que quisiera? ¡El pincelito era el que se ensuciaba y el que se desgastaba al raspar contra el lienzo. ¿Por qué había de llevarse los laureles el pintor?

La sombra de esta incomodidad quedó flotando en el ánimo del pincelito... Al día siguiente, cuando el pintor lo tomó en sus manos, decidió que sería él quien dictaría los trazos. Así cuando el pintor quería realizar una línea, el pincelito hacía fuerza para pintarla en otra dirección. Cuando el pintor quería sopar el pincel en un color, él apuntaba hacia otro tarrito de pintura. El pintor no entendía qué estaba sucediendo, puesto que en el lienzo tan solo aparecieron manchones deformes e improlijos. Luego de varios intentos fallidos, simplemente dejó al pincelito de lado y tomó otro para recomenzar su obra.

Esto puso aún más furioso a nuestro amiguito. ¿Quién se creía ese pintor que era para cambiarlo a él, al mejor, por un pincel cualquiera? ¡Ahora mismo se pondría él solo a pintar sin necesidad de que ese estúpido pintor lo manosease con sus manos sucias de pintura! Y así lo hizo. Se ubicó frente a un lienzo y con varios botes de pintura junto a él y comenzó a pintar. Todos observaban absortos al pincelito, incluso el pintor, que había dejado su trabajo, y al ver la satisfacción del plumín, comenzó a sospechar qué estaba ocurriendo. De más está decir, que tan solo una masa informe de colores superpuestos apareció sobre el lienzo. Y todos se rieron de él...

Nuestro amiguito, avergonzado, deprimido y frustrado se retiró a llorar lágrimas de pintura en su vaso. Había hecho el ridículo. Todos se habían reído de él. Todos... menos el pintor, que lo tomó dulcemente en sus manos y le dijo:
- Querido amiguito, yo sé que tú eres el mejor, pero eres el mejor en mis manos. No eres un esclavo en mis manos, sino que juntos, los dos, pintamos. Así como yo te necesito a tí, tú me necesitas a mí. Sólo dejándote conducir por mis manos podemos crear juntos la belleza. El que sea yo quien dirige tus movimientos no te quita mérito, no, sino que por el contrario te enaltece, porque yo te elijo a ti entre todos los otros pinceles. ¿Nunca lo habías pensado así? Yo te amo, y te elijo a ti, entre muchos otros, cada vez que te utilizo. Y ahora sécate esas lágrimas, y vamos a seguir pintando

Y el pincelito comprendió que en su naturaleza de pincel estaba el dejarse conducir por las manos del pintor, que sólo así podía ser lo que él era: un pincel.

Fuente: http://www.aciprensa.com/Historias/historia.php?id=234